Una reciente estadística refleja que casi a un 40% de los directivos una de las cosas que más les estresa es hablar en público. Los motivos principales suelen ser los nervios, la responsabilidad, el auditorio o la angustia no de estar a la altura de las circunstancias.  Seguramente estas sensaciones no se irán del todo nunca, por lo que estamos avocados a aprender a vivir con ellas y extraer lo positivo que conllevan, como una mayor concentración, atención o preparación. No hay que tener miedo al miedo. Simplemente tomarlo como algo natural.  

El trabajo es la mejor receta para lograr controlar nuestros temores y convertirlos en algo llevadero. Hay que entrenar, conocerse al máximo para descubrir nuestros puntos fuertes y los terrenos donde no nos movemos con confianza, tener un espíritu crítico pero positivo y dotar a nuestro discurso de cualidades tanto filosóficas como formales.  En el esfuerzo más que en el talento radica la clave del éxito. “A mí la inspiración me coge siempre trabajando” que decía Picasso. 

Eso sí, nada se consigue de la noche a la mañana. Hay que tener paciencia, ir ganando confianza, superándose poco a poco. Creciendo, aprendiendo, sin buscar atajos, asentando convicciones y alejando distorsiones. Sabiendo donde se pisa en cada momento. La confianza, fundamental para esta habilidad, cuesta mucho en adquirirla y muy poco en perderla, por lo que deberemos ser muy cuidadosos. Los retos, de uno en uno y por su camino correcto.

No hay que olvidar nunca que cuando uno tiene que hablar en público, es porque alguien está interesado en escuchar, lo que nunca puede ser visto como un“castigo” ni una “obligación” sino UNA OPORTUNIDAD. El objetivo a perseguir es que conferenciante y auditorio caminen de la mano y para ello cualquier comunicador necesita un formato, una estructura narrativa sobre la que apoyarse.  Eso sí, sin olvidar nunca la emoción y la pasión que nos hará llegar a terrenos como la credibilidad, la confianza, el influjo y la capacidad de persuasión.

Hablar en público